José Guirao (1959–2022) fue un destacado gestor cultural español cuya trayectoria dejó una huella profunda en el panorama artístico e institucional del país. A lo largo de su carrera ocupó cargos de gran relevancia, entre ellos la dirección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y de La Casa Encendida en Madrid, además de desempeñarse como ministro de Cultura y Deporte del Gobierno de España. Su figura fue especialmente influyente dentro de la escena vanguardista española, no solo por las decisiones que tomó desde posiciones de poder institucional, sino también por la visión que defendió acerca del papel de la cultura, los museos y su relación con la sociedad contemporánea.
Por su parte, Pablo Martínez es investigador y educador, con una sólida trayectoria vinculada al ámbito museístico y educativo. Entre 2016 y 2021 trabajó como jefe de programas del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). Sus líneas de investigación se centran principalmente en el trabajo educativo a través del cuerpo, así como en el análisis de la capacidad de las imágenes para producir subjetividad política. Su enfoque pone el acento en los procesos de mediación, en la experiencia del visitante y en la necesidad de repensar las formas tradicionales de transmisión del conocimiento dentro de las instituciones culturales.
La relación entre el director de una institución y el mediador que trabaja en ella es especialmente estrecha dentro de los sistemas del arte. Ambos forman parte de una red compleja de agentes culturales cuya función principal es gestionar, interpretar y transformar las obras artísticas para hacerlas accesibles al público. Aunque el director suele situarse un escalón por encima del mediador dentro de la jerarquía institucional, esto no implica necesariamente que su papel sea más importante. Sí es cierto, no obstante, que el director suele tener un mayor peso en la toma de decisiones estratégicas que afectan al rumbo general de la institución, a su identidad y a su proyección a largo plazo. En este sentido, una de las responsabilidades fundamentales del gestor cultural consiste en conformar un equipo humano que comparta una visión afín a los objetivos del museo. Encontrar mediadores capaces de dialogar con las obras, con los artistas y con el público resulta esencial para que la institución funcione como un espacio vivo y dinámico. José Guirao comentaba de manera jocosa en una de sus entrevistas que su trabajo consistía, en gran medida, en lograr que el resto de personas trabajaran. Aunque esta afirmación pueda parecer simplista, encierra una verdad significativa: el gestor cultural asume una enorme carga de responsabilidad dentro de la red de actores que sostienen y legitiman una institución museística.
El director no solo debe seleccionar a los artistas que nutrirán las exposiciones con obras capaces de generar experiencias significativas, sino también garantizar que existan mediadores preparados para establecer un puente entre esas obras y los visitantes. Además, debe gestionar un espacio que permita al público aproximarse al arte no únicamente desde un punto de vista físico, sino también emocional, intelectual y simbólico. El objetivo último no es solo que las obras transformen al espectador, sino que se produzca una relación bidireccional en la que ambos se influyan y se transformen mutuamente.
Mientras que el trabajo del director abarca un amplio abanico de responsabilidades de carácter estratégico, el papel del mediador es más específico, directo e inmediato. El director toma decisiones que afectan a la institución en su conjunto y que suelen tener consecuencias a largo plazo, mientras que el mediador actúa en el presente, en el encuentro concreto entre la obra y el espectador. A diferencia del director, cuyo trabajo suele pasar desapercibido para el visitante medio, la labor del mediador tiene un impacto directo en la experiencia individual de cada persona que recorre el museo.
La función del mediador no se limita a responder preguntas o a proporcionar información sobre las obras expuestas. Su verdadero potencial reside en la capacidad de ofrecer herramientas que permitan al visitante relacionarse con el arte de manera autónoma, desarrollar un criterio propio y llegar a conclusiones personales. De este modo, el espectador deja de ser un sujeto pasivo para convertirse en un agente activo dentro del sistema del arte, alguien que participa, interpreta y resignifica las obras desde su propia experiencia.
Tanto José Guirao como Pablo Martínez comparten el objetivo de crear experiencias museísticas en las que el visitante pueda interactuar con las obras con el menor número posible de fricciones. Ambos defienden la necesidad de establecer vínculos que vayan más allá de la simple contemplación estética o de la lectura de un texto explicativo. Para lograr este cambio de paradigma, coinciden en que resulta fundamental contar con equipos de trabajo reducidos, en los que todas las personas involucradas conozcan y participen de las distintas tareas que conforman la gestión institucional. Esta forma de organización evita la compartimentación excesiva del trabajo y favorece una visión más global y transversal del museo.
Asimismo, ambos sostienen que las instituciones culturales deben priorizar la conexión con el público local. Frente a los museos concebidos como espacios de prestigio cuyo principal objetivo es atraer al mayor número posible de visitantes —en su mayoría turistas—, proponen modelos más arraigados en su contexto inmediato, capaces de establecer relaciones duraderas y enriquecedoras con la comunidad que los rodea. Esta conexión no solo beneficia al público, sino que también nutre a la propia institución, que se mantiene viva, relevante y en constante diálogo con su entorno.
Una de las controversias que se tocan en las reflexiones de ambos es la tendencia de muchos museos a priorizar el número de visitas por motivos económicos. Se trata de instituciones que explotan la notoriedad de determinadas obras o artistas como reclamo turístico, relegando a un segundo plano los beneficios culturales, educativos y sociales que un museo puede ofrecer a su comunidad. El problema es, que, a pesar de contar con subvenciones públicas, estas no llegan a cubrir los elevados costes de mantenimiento, y, además, especialmente en España, los recortes presupuestarios afectan de manera sistemática al sector de la cultura y la educación. Esta situación obliga a muchas instituciones a adaptar su oferta para obtener beneficios económicos inmediatos, orientándose hacia un público extranjero con mayor poder adquisitivo. Este tipo de visitante suele elegir qué museo visitar en función de la fama de las obras que alberga, dejando de lado otros aspectos fundamentales que son los que otorgan un valor duradero a las instituciones culturales. El resultado son museos que, pese a contar con colecciones extraordinarias, ofrecen experiencias superficiales y destinan más recursos a la publicidad que a garantizar una vivencia verdaderamente enriquecedora para cada visitante.
En el fondo, la raíz del problema se encuentra en la concepción de la rentabilidad. Muchos museos que no pueden sostenerse a través del turismo argumentan que no son rentables económicamente, sino culturalmente, y que por ello requieren una mayor inversión pública. Si bien es cierto que las ayudas gubernamentales suelen ser insuficientes para mantener instituciones que apuestan por modelos alternativos, también lo es que numerosos museos continúan aferrándose a un modelo obsoleto, basado en la mera exhibición de objetos antiguos acompañados de fichas explicativas.
Otros ámbitos culturales, como la música o el cine, demuestran que la cultura puede ser rentable sin renunciar a la calidad ni a la profundidad. La diferencia radica en que estas disciplinas suelen considerarse “cultura de masas”, sin pretensiones y pensada para todos los públicos, mientras que los museos siguen asociados a la idea de “cultura académica”, que aliena a una gran parte de la población. En este sentido, resulta pertinente plantear la necesidad de que las instituciones museísticas se acerquen a formas más accesibles de producción cultural, sin caer en los clichés de utilizar únicamente el nombre de los artistas como reclamo.
De hecho, esta es una de las ideas centrales que atraviesa las reflexiones tanto de José Guirao como de Pablo Martínez: la importancia de involucrar activamente al visitante y de abandonar el academicismo que trata al espectador como un sujeto ignorante. Tal y como señala Martínez, esta actitud está profundamente arraigada en principios paternalistas, patriarcales y coloniales que ya no tienen cabida en la cultura contemporánea. Lejos de acercar al público al museo, estas prácticas generan una brecha cada vez mayor entre la institución y sus visitantes.
Otro aspecto relevante que ambos destacan es el potencial del museo como espacio para establecer conexiones con el mundo que nos rodea. José Guirao utiliza el concepto de “ser contemporáneo de uno mismo”, una idea que implica adoptar una actitud crítica frente a la realidad, analizar los acontecimientos mientras están ocurriendo y reflexionar colectivamente sobre ellos. Este ejercicio resulta difícil de realizar de manera individual, y es precisamente ahí donde el museo puede desempeñar un papel fundamental. Siempre que esté conectado con su comunidad y sea capaz de generar los debates necesarios, el museo se convierte en un lugar idóneo para la reflexión colectiva. A través de experiencias estéticas únicas, puede invitar al espectador a exigirse intelectualmente, a cuestionar su entorno y a participar activamente en la construcción de sentido. Esta responsabilidad recae, en gran medida, en la dirección de la institución, que debe mantenerse atenta a las problemáticas contemporáneas y proponer actividades que fomenten la participación y el pensamiento crítico, sin caer en la sobreexplicación ni subestimar la inteligencia del público.
Finalmente, ambos subrayan la importancia de la formación continua dentro de las instituciones culturales. Tal como señala Pablo Martínez, muchos museos siguen operando bajo un modelo en el que la institución posee un conocimiento que el visitante no tiene, y su función consiste en transmitírselo. Sin embargo, la formación no debería limitarse a la acumulación de datos sobre historia del arte, autores u obras, sino orientarse hacia la comprensión de cómo distintos colectivos y culturas se relacionan con el arte.
Priorizar el criterio propio, tanto de los visitantes como de los trabajadores de la institución, implica evitar la repetición de fórmulas preestablecidas y apostar por experiencias únicas, enriquecedoras y personalizadas. La única manera de cultivar este criterio es ampliar horizontes, explorar diferentes modelos museísticos y experimentar con nuevas formas de hibridación. Solo así será posible crear instituciones verdaderamente abiertas, capaces de acercarse al público y de integrarse de manera significativa en la comunidad que las rodea.
Bibliografía:
- EVE, Innovación Museos Exposiciones. Museos y dinero. 2017. https://evemuseografia.com/2015/01/19/museos-y-dinero/
- La casa encendida radio. Entrevista a José Guirao. 2012. https://soundcloud.com/lacasaencendida/entrevista-a-jose-guirao-2012
- Fernando Chaves Espinach. ‘Enseñar lo que uno no sabe’: entrevista con investigador del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. La nación. 2018. https://www.nacion.com/ancora/ensenar-lo-que-uno-no-sabe-entrevista-con/WOCARDNAD5GSROVSUTDF5DOK5I/story/
- Becker, H. (Howard). (2008). Mundos del arte y actividad colectiva. En: Los mundos del arte. Sociología del trabajo artístico, p. 17-59. Universidad Nacional de Quilmes.
- Daniel de Gracia. Mediación. Glosario de términos de sociología del arte. Recurso didáctico de UOC. 2025.
- Daniel de Gracia. Sistema del arte. Glosario de términos de sociología del arte. Recurso didáctico de UOC. 2025.





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Debatecontribution 0en José Guirao y Pablo Martínez. Directores, mediadores, y las instituciones del arte.
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